viernes, 8 de octubre de 2010

CHACO

El vidente podría servir en un mundo de ciegos
donde lo visual no tiene sentido

Quien habla debe ser útil en un mundo de mudos
en el que no existen ni viven nuestras voces

El que oye en un mundo de sordos
cuando todo lo que escuchamos es nulo, será ajeno

un hombre fue útil:
se quitó los ojos y los ofrendó al ciego
se extirpó el habla cediéndosela a los mudos
y sus oídos transformaron a los sordos

Ese hombre fue bautizado con el nombre de

CHACO

lunes, 4 de octubre de 2010

Cenizas

Le gustaba la soledad, la soledad a oscuras, su rostro cubierto por la tela negra de la noche. Su cuerpo se perdía con las vagas siluetas sin luz, caminaba acompasadamente de una punta a otra sin cesar. Se acercó al medio muro que la separaba de la eternidad y apoyó sus codos en él. El alivio aguardaba ansioso en los labios, esperando a ser encendido. Sus manos crearon una carpa que protegieron la llama del viento helado. Ese pequeño pañuelo de tonos rojizos bailó sin música y contagió de vergüenza al extremo del cigarro. Las manos desaparecieron de su boca y ese punto rojo delató su presencia. Esa estrella roja enardecía con furia mientras consumía lentamente su largo cuerpo.
Suspiró, porque suspirar le relajaba. La tranquilidad de la noche, la garantía de ser quien era cuando las sonrisas falsas caducaban. Sentía que era esa noche.
El vago sonido de Morrissey acompañaba sus pasos desde el inicio y sólo ella sabía si lo haría hasta el final. Marcaba los pulsos de la percusión en un juego de golpes con sus manos y pies. Sólo lo interrumpía para fumar. Fumaba y la tristeza se escapaba por la garganta, esa gris y nebulosa depresión huía naturalmente por su boca.
Observó el fin. Oscuro, lejano y cercano. Lo tenía en sus narices, nuevamente.
En sus ojos podían leerla como un libro; no obstante, nunca nadie se molestó en intentarlo… manga de corazones fríos. ¿Qué tan difícil es captar dos pupilas y entrar en ellas? Su piel de mármol funcionaba como un muro, una división metafísica de ella: por fuera una solemne roca, por dentro pura revolución. Ella era el iceberg de su propio barco, nunca lograría salir adelante sola. No pediría ayuda, no gritaría por una soga. ¿Por qué? Porque demostrar emociones no es lo suyo. Inevitablemente por sus ojos se podía espiar qué sucedía en ella, pero nunca nadie se fijó en ellos. Un “sí” siempre fue y será un “no”; una sonrisa, una lágrima; una risa, un llanto. Su piel, una creadora de antagónicos. Y nadie fue capaz de notarlo.
Lloró por él en noches como esta, y lo más patético es que el autor de esas lágrimas jamás lo sabría. Esa cotidiana opresión volvió a punzarle en el pecho; simultáneamente el cigarrillo acababa de consumirse, quedando la infeliz colilla colgando de su boca, del límite.
Con minuciosa lentitud cae. El viento no logra cambiar de rumbo su precipitado aterrizaje. Se estrella contra el suelo y rebota unas veces. El silencio no se interrumpe pues nadie está presente, nadie oye el vacío. Su alma quedaría olvidada como colilla del cigarrillo entre las miles que decoraban el suelo con minucioso puntillismo.
Bienvenida a la eternidad.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un peso.

Algunos lo llevan cargado en los hombros, otros en la espalda, otros en una mochila… pero yo lo tengo en mi bolsillo. Cada uno lleva el suyo hasta que se deshace de él, y aparece otro. No todos saben qué significa ese peso, yo sí sé sobre el mío.
Cambiar, sí, cambiar es lo que trato. Cualquier cosa menos ese peso, esa moneda en mi bolsillo. En la palma de mi mano el minúsculo metal brilla con sus destellos cobrizos. Trato de darlo vuelta pero no puedo. ¿Por qué? Porque es un peso específico, habrá miles de pesos similares, iguales en su fisionomía; pero cada uno tiene su significado único. Darlo vuelta no sería el mismo.
Ya sé, me decidí por ignorarlo. Empujo la presencia de ese milimétrico disco dorado hacia mi inconsciente. Los jeans se hacen más livianos, mucho más livianos. ¿Tan fácil era? Sí… No, meto la mano en el bulto de tela y ahí está de nuevo, enfriando la yema de mis dedos con su natural hipotermia. ¿Cómo volvió?
¿Volver? Nunca se había ido.
Pero yo sentí vacío el bolsillo; no estaba.
Eso creíste, ilusa.
Bueno, quizás ignorar no sea la mejor técnica. Arrojarlo, expulsarlo puede funcionar. Sí, probemos: asfixiado entre el índice y pulgar, el peso se eleva en el aire y sale disparado hacia algún lugar. Mi mano cae al costado de mi cuerpo. La miro. No puede ser. Está ahí de nuevo, ahora caliente de furia. Vuelve a la oscuridad de mi bolsillo y se enfría.
Me irrita, me enerva, me revienta. Qué problema. Sí, siempre lo fue pero ahora que no puedo pensar en otra cosa es un gran problema. No es la primera vez que no puedo resolver algo, pero jamás me lo había puesto a analizar así. Un problema del que no puedo deshacerme: lo ignoro, lo expulso, lo alejo de mi mente y no hay caso. Traté ya de resolverlo, de desatar esos nudos que lo tenían tan atascado en la incertidumbre, pero tampoco hubo caso. ¿Qué hago? No tiene caso, siempre que traté de darle la vuelta, vuelvo a lo mismo.
El tiempo, dicen, es el remedio a todos los problemas. Quieras o no, querido peso, el tiempo te va a borrar como sea…

Y así creo que fue. La irritante circunferencia con el sol de 23 rayos no está más… Meto la mano en mi bolsillo y saco una moneda. ¿Otra moneda? No y sí.
Ya la diminuta estrella dorada no me sonríe socarronamente, ya no; sino que ahora ella está aplastada contra mi palma, y quien se ríe de mí es el escudo,
la otra cara de la moneda;
la otra cara del peso;
la otra cara del problema.